Leyendas de la Revolución Mexicana

Escrito por on nov 16th, 2010 y presentadas en Leyendas. Puedes seguir cualquier respuesta a esta entrada a traves de la RSS 2.0. Ambos comentarios y pings estan actualmente cerrados.

El Eco del Cañón/ 

Después de las revueltas que originaron el movimiento armado de la revolución mexicana, la condición económica que imperaba en el país era demasiado deplorable, la gente no tenía el dinero suficiente para cubrir sus necesidades básicas, y en uno de esos pueblitos pintorescos de la república mexicana vivía Anacleto Romero, quien era un noble joven, herrero de profesión y que vivía en compañía de su madre enferma de tosferina, y condenada a muerte.

Un día después de regresar a su casa ya concluída su labor, se encontró a un señor de aspecto muy respetable, y de una personalidad muy fuerte, y este señor se dirigió con voz firme a él.

Le comentó: – Sé que eres herrero y de los buenos Anacleto, por lo cual requiero de tus servicios, la paga que te ofrezco es muy buena, más de lo que puedes ganar en todo un año, trabajando de sol a sol en este cochino pueblo, espero aceptes este trato.

Anacleto le dio las gracias por el ofrecimiento, pero le explicó que por razones personales (la enfermedad de su madre), no podía aceptar tan generosa oferta, a lo que el extraño respondió: – Te espero en tres días en la estación de ferrocariles más cercana, si decides aceptar la oferta está en pie.

Anacleto se dirigió a su casa pensando en dar la noticia a su anciana madre, mas cuando estaba cerca de su casa encontró la puerta entre cerrada, algo no estaba bien, pensó; entró rápidamente a su casa, la cual estaba invadida por un hedor insoportablemente nauseabundo, por lo cual abrió inmediatamente las ventanas y al dirigirse a la recámara, descubrió a su madre sin vida sobre la mecedora.

Al caer la noche los vecinos comentaban la pérdida de la madre de Anacleto, además de la repentina aparición de un “mister”, que se dedicó a reclutar gente en el pueblo para una construcción en una población lejana.

Anacleto tenía una corazonada y decidió aceptar la invitación del misterioso caballero, así pues después de los funerales de su madre partió a la estación del tren para reunirse con su destino.

Al llegar a la estación se encontró con varios conocidos del pueblo, entre ellos estaban Elías el carpintero, Nicolás -otro herrero-, los hermanos Ramírez, y otros más.

Al acercarse a la estación observó al “mister”, quien le comentó: – Te estaba esperando Anacleto, lamento lo de tu madre.

Al escuchar esto se quedó pasmado, quién pudo comentarle…, los habitantes del pueblo eran muy reservados en lo que a este tipo de asuntos se refiere, y más tarde interrogó a los demás habitantes del pueblo, a lo que ellos le comentaron lo siguiente – El mister cuando llegamos nos comentó que ya habías enterrado a tu madre, lo cual nos sorprendió muchísimo ya que nadie le comentó nada al respecto.

Minutos más tarde abordaban el tren que los llevaría a su terrorífico destino. Pasaron tres días de viaje, sin novedades, o asuntos de relevancia que preocuparan a los pasajeros; transcurrido ese tiempo llegaron a un poblado en donde descendieron y emprendieron el camino al poblado al que se dirigían, el cual estaba a seis días de camino.

Así pues atravesaron un camino sinuoso, lleno de vegetación, hasta que por fin llegaron a su destino.

Al llegar se sorprendieron, ya que la población estaba abandonada, por excepción del cantinero del bar, quien los recibió secamente.

Si ellos hubieran puesto más atención a sus apagados murmullos hubieran escuchado lo siguiente: “Más almas para ese desgraciado”.

Después de instalarlos en una derruída casa que se había adaptado como hotel, procedieron a escuchar las indicaciones del “mister”: – Verán; hace ya algunos años este pueblo era de los más poblados y prósperos de la región, mi familia era la más rica de este pueblo y de la región, sin embargo debido a los acontecimientos de la bola (nombre con el que se designaba al movimiento revolucionario), la fortuna de mi familia se desvaneció.

Toda mi familia murió en este pueblo, ahí en donde está esa vieja hacienda en ruina se encuentran los cuerpos de mi familia, ahorcados por órdenes de los jefes militares que tomaron esa decisión; sólo yo me salvé porque mi madre me escondió en un viejo sótano de la casa.

Cuando pasó todo el alboroto pude salir y es así que me encontré huérfano y sin nada de dinero.

Mi fortuna se había desvanecido, pero ahora estoy de vuelta para devolver la vieja gloria a mi familia y a este pueblo, ya que hice “un trato con un amigo muy especial”.

Un indígena comentó por lo bajo la siguiente historia. – Ya vites’ Felipe, si estos hacendados bien merecido tenían ese final, si mi tata que anduvo en la bola fue de los que estuvieron aquí, si el mesmo fue quien amarró la cuerda a ese viejo árbol, si vieras la cara que puso el hacendado, cómo se le salían los ojos de su órbita, cómo bailaba en el aire y por último su lengua di fuera, ansina comentaba mi tata, a quien Dios tenga en su santa gloria.

Más tarde los trabajadores se acomodaron para dormir, y este indígena decidió salir a realizar sus necesidades al campo.

Minutos más tarde el silencio de la noche fue interrumpido por un grito desgarrador.

Esto alertó a los demás, quienes salieron alarmados a ver lo que ocurría.

Lo encontraron en el mismo sitio donde conversaron con el “mister”, colgado en el mismo árbol.

Esto despertó el temor entre los trabajadores. Esa misma noche más de la mitad de ellos se marcharon.

Al día siguiente tras indicaciones del “mister” iniciaron las labores de reconstrucción del pueblo.

Al anochecer algo despertó a Anacleto, era la voz de su madre que en sus sueños le comentaba que se regresara a su pueblo, ya que algo malo le podría acontecer si se quedaba.

Esto despertó a Anacleto que, adormitado, observó algo que se movía entre sus cobijas: era algo pequeño, un gato, pensó, y se volvió a dormir.

A la mañana siguiente se lo comentó a Luis Manuel, otro de los trabajadores, y él le dijo: – Mira Anacleto, yo también vide algo ansina como me lo dices, pero yo más bien juraría que era una mano, sabes hasta le vide el mismo anillo que tiene el mister en su dedo.

Anacleto se sorprendió, pero continuó con su jornada y tras mover algunas vigas descubrió junto con Luis Manuel unas monedas de oro semi enterradas.

Siguieron escarbando y encontraron una cadena que abría una vieja puerta a un sótano, pero la voz “del mister”, les impidió continuar, y dejaron todo tal cual estaba.

Ya en la hora de la comida se lo comentaron a los hermanos Ramírez y decidieron que al día siguiente muy temprano irían a ver qué encontrarían en ese sótano, ya que según ellos lo que el mister buscaba era parte de su fortuna y no devolverle la gloria a ese pueblo derruido.

Así pasó la noche y al día siguiente muy de mañana se dirigieron a ese lugar. Tras mover la cadena entraron los hermanos Ramírez, el olor que salió de ese sótano le recordó a Anacleto el hedor que encontró en su casa cuando murió su madre.

Eso lo hizo detenerse justo a tiempo ya que Luis Manuel también había entrado. Al mismo tiempo la puerta se cerró estrepitosamente, para dar paso a los gritos de sus compañeros.

Intentó mover la puerta jalando la cadena pero todo fue inútil. Inmediatamente apareció “el mister”, y le dijo: – Qué irónico Anacleto, ¿sabes? ahí abajo está la fortuna de mi familia, y parece ser que tus compañeros la encontraron, pero también están las almas de mis familiares muertos y de otros infelices que también encontraron mi dinero, y perdieron la vida, ¿sabes? En realidad mi madre no me encerró en este sótano, yo me atrincheré mientras ellos me suplicaban que los dejara entrar, ya que los revolucionarios exigían saber dónde estaba el dinero a cambio de las vidas de mi familia, pero al no encontrar nada asesinaron a mi familia.

Yo permanecí encerrado durante días, semanas, hasta que en mi delirio invoqué al Diablo para que me dejase salir.

La puerta se abrió pero yo debería traer cada seis meses una remesa de trabajadores para que sirvieran a mi amo.

¿Sabes? tú eres el último para completar mi cuota. Anacleto palideció al escuchar esto y recordó lo visto la noche anterior, y exclamó: – Tuviste que firmar algún documento a cambio ¿verdad? – Así es.

- contestó. – Entonces lo que vimos la noche anterior era tu mano ¿verdad? – Claro, es mi mensajera.

Anacleto estiró su mano con dirección a una pala cercana y rápidamente golpeó en la cabeza al mister, el cual cayó.

Inmediatamente desenfundó su machete y le cercenó la mano, el mister aulló de dolor, había perdido su mano.

Anacleto la tomó y le enterró el crucifijo que traía en su cuello. Hecho esto la mano se descarnó en su totalidad, mientras el mister se desvanecía y tomaba la forma de humo pestilente.

La puerta del sótano se abrió de golpe y salieron las almas que estaban prisioneras.

Anacleto miró al cielo, se arrodilló, se persignó y dio gracias a dios y a su madre por la ayuda recibida.

Dio la media vuelta y regresó a su pueblo, en donde murió de viejo, sin embargo cuentan que cuando murió se detectaba en el ambiente un olor nauseabundo y a un personaje elegantemente vestido en su sepelio.

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